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miércoles, 11 de julio de 2012

Adelantar el cielo


Me contaba un amigo que estuvo un mes de voluntariado en las vacaciones de verano esta pequeña historia ocurrida en Nairobi (Kenya).
Dicen que la primera pregunta que surge a quien se acerca a una experiencia de voluntariado misionero es cómo unos inexpertos universitarios, por mucha buena voluntad que se tenga pueden llegar a ofrecer ayuda en medio de lugares tan difíciles...
Mi amigo se acercaba a una África sucia, polvorienta y calurosa. Y pensaba que tal vez podría ayudar arreglando tejados, preparando colegios, dando clases a los más pequeños...
Pero con las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta, sólo entraron en contacto con los más pobres de todos los pobres, pues llegaron a un alojamiento de niños moribundos, de niños a los que ya no les quedaba ninguna esperanza.
Cuentan que era una casucha, un tugurio sin muebles y con poca luz, pero eso sí, sorprendentemente limpio y aseado. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos saris blancos y azules de las Misioneras de la Caridad, que rebosaban alegría. 
La experiencia de voluntariado la hacen anualmente muchos jóvenes de distintas diócesis. Acuden por ejemplo universitarios españoles, o de cualquier otro país, y dicen que la primera sensación de todos es quedarse bloqueado, en mitad de la habitación, sin saber bien adónde dirigirse.
Pronto, las monjas se acercan a cada uno y piden ayuda para las asistencias de cada uno de los niños, en todo tipo de tareas. 
Mi amigo me contó que una de las hermanas se acercó a él y en inglés, directo y seco le preguntó 
- ¿Has venido a mirar o quieres ayudar?
Sorprendido, reaccionó balbuceando en inglés que quería ayudar.
- ¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?
Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza, se veía que estaba muy enfermo.
- Tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer.
Cuando cogió al niño le sorprendió la enorme temperatura que desprendía. Se podría apreciar una fiebre altísima, tendría unos dos años.
-Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas... 
Con suavidad y firmeza, viendo su cara extrañada la monja le dijo:
-Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera. -Y lo dejó con el niño.
Mi amigo estuvo un poco tiempo sin saber que hacer, hasta que recordando lo que su hermana hacía con su sobrino, empezó a cantarle, abrazarle, besarle, arrullarle... hasta que el niño dejó de llorar, y más sereno, se durmió...

Al cabo de un rato, notó que el niño dejaba de respirar y asustado buscó a la monja, que acompañándolo certificó la muerte que se presentía.
Entonces, cuenta mi amigo, con una dulzura nueva, aquella monja tan directa y se veía que amiga de pocas palabras le dijo mientras envolvía en una sábana blanca el pequeño cadáver:
-Ha muerto en tus brazos... Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el
amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.



Qué importante puede ser lo que parezca más inútil...

2 cosas que me dicen:

Anónimo dijo...

Solo he leído el título y la última frase "Qué importante puede ser lo que parezca más inútil..." y eso ya da mucho que pensar, así que voy a leerlo completo despacico, a ver que me dice el resto, pues a falta de párroco, buenas son las intuiciones de un cura. Besitos y no tarde mucho, que sus parroquianos le echamos de menos

Merlín Púrpura dijo...

Me has sacado muchas lágrimas. Qué bueno saber que aún quedan muchas personas que son reales presencias de Dios en la tierra.

Un abrazo.