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viernes, 6 de julio de 2012

Frente a la mentira


Recuerdo el libro "Archipiélago Gulag" de cuando era pequeño y pensaba en los nombres tan raros que tenían los libros que leían mis padres. 
Con el tiempo lo leí, y conocí la vida y la obra de su autor, el ruso Solzhenitsyn, un gran luchador por la justicia y un enorme escritor e historiador, premio Nobel de Literatura. Vivió durante años perseguido por sus ideas antiestalinistas, después de haber combatido con el Ejército Soviético en la Segunda Guerra Mundial, escribía y estudiaba al mismo tiempo en que trabajaba de presidiario minero, albañil y forjador, daba clases de matemáticas en la escuela primaria (o ejercía como matemático en centros de investigaciones estatales), vencía un cáncer, sufría varias veces la deportación y la cárcel... una vida curiosa.
Y cuanto más leo sus obras y ensayos más me encantan. Reconozco que me identifico con algunas de sus convicciones, así que os copio un par de párrafos que me han conquistado:
«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira»
Y aún más claro, en un artículo titulado directamente «¡Rechacemos la mentira», y que se publicó coincidiendo con una de sus detenciones y encarcelamientos, en febrero de 1974, decía Solzhenitsyn: 
«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir».
También yo estoy convencido de que la Verdad nos aparta de la violencia, y bien se comprende que en el Evangelio, el Señor Jesús no llama al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44).