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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cicatrices


Cuentan que un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar al río que pasaba justo detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba.
Su madre desde la casa miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y miró hacia su madre, pero se quedó bloqueado sin darse cuenta de lo que ocurría hasta que fue demasiado tarde.

Su madre llegó hasta él y agarró al niño por sus brazos justo cuando el cocodrilo le agarraba las piernas.
La mujer resistía determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la madre era mucho más apasionada y sabía que no podía dejar a su hijo. 
Un hombre escuchó los gritos desesperados de madre e hijo y corrió a su encuentro, mató al cocodrilo y los liberó.
El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, pudo incluso volver a caminar.
Un tiempo después, aún convaleciente, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remangó también las mangas y señalando otras cicatrices en sus brazos le dijo: 
-"Pero las que usted debe ver son éstas"
Eran las marcas de las uñas de su madre que habían agarrado sus brazos con tanta fuerza.
-"Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida."

¡Cuántas cicatrices tenemos cada uno de un pasado doloroso! Algunas son causadas por nuestros pecados, pero otras son la huella de Dios que nos ha agarrado demasiado fuerte, nos ha sostenido con fuerza y aún clavándonos las uñas, nos ha salvado.
Y al fin y al cabo... si en algún momento nos rebelamos, y no terminamos de aceptar nuestras propias heridas, siempre tendremos que recordar, que también Él tiene sus cicatrices...

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