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jueves, 29 de noviembre de 2012

Casablanca (IV): De porqué no quiero ser un profesional


Casablanca es una película que enamora. Es una película discutida, con muchas meteduras de pata en la ambientación histórica y algún gazapo épico de continuidad (abrigos secos que estaban mojados, etc...), pero que se ha convertido en un icono del cine que enamora más al aficionado que al crítico y más al cinéfilo que al profesional.
Os decía en el primer post que mi reflexión no sólo brota de la película, sino también de lo que la rodea. Y hoy me llama la atención, como desde lo profesional no siempre se ha reconocido la grandeza de la película.



De hecho, cuentan que en 1982, un periodista, escribió el mismo guión de Casablanca pero usando el título de Todos vienen a Rick’s (el título original de la obra de teatro en que está basada) y cambiando el nombre del archiconocido pianista Sam por Dooley (Dooley Wilson había sido el actor que interpreta este personaje) y lo envió a 217 agencias haciéndolo pasar como el guión de un escritor desconocido. 97 agencias lo devolvieron sin haberlo leído, 7 nunca lo leyeron y 18 copias se habrían reportado como perdidas en el correo. De las 85 agencias que lo leyeron, 38 lo descalificaron, sólo 33 lo reconocieron en términos generales (de las cuales 8 ni cuenta se dieron que era específicamente Casablanca), 3 lo declararon como económicamente viable y una sugirió enviarlo a otra agencia para su transformación en una novela. 

Así que me pregunto cuántas obras maestras dejamos de reconocer cada día a nuestro alrededor... y como otras veces, espero que aprendamos a tener los ojos y los oídos abiertos. 
Yo, por ejemplo, soy sacerdote, pero me aterra la posibilidad de convertirme en un profesional de las cosas de Dios. Es algo que puede pasar demasiado a menudo.
En todas las cosas -aún más en las cosas de Dios-, espero no volverme nunca un profesional ciego a las maravillas que me rodean. 
Quiero seguir disfrutando, incluso en medio de los  fallos y de las pequeñas imperfecciones de cada uno. Al fin y al cabo, como bien dice Ilsa: “En este loco mundo todo puede pasar”