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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El Padre bicileta (y III). Le curé de San Denís.


Os cuento algunas anécdotas para terminar esta trilogía de posts sobre el Padre Bellido, que  tenía una personalidad muy especial y, sobre todo, mucha gracia de la espontánea; sin perder nunca su seriedad; ya que era un sacerdote muy responsable y comprometido. Una vez dijo al Obispo Bellido, compañero suyo de seminario, que si don Rafael era el Bellido Caro, él era el Bellido "barato". Su sensibilidad desconocida se manifiesta en su capacidad artística, por muchos desconocida. Luis Bellido Salguero era un extraordinario pintor, en la línea del gran paisajista José Montenegro Capel, al que imitaba perfectamente, firmando sus cuadros, que solía regalar a sus amistades y bienhechores, con el seudónimo de ‘Le Curé de San Denís’.


Otra de sus características principales fue el gran amor por los pobres, socorriendo generosamente a cuantos acudían en masa a su despacho; repartiendo lo mucho o poco que tenía. Y en época de inicio del curso escolar, tenía un convenio con la Papelería Consistorio, de su amigo Pablo, para que diera los libros de texto a muchos niños de familias que no podían adquirirlos; pasándose luego él para pagarlos.
Es conocido que era un hombre de suerte, tres veces tuvo la suerte en su vida de ser afortunado con premios de loterías y cupones, fortunita que podía haber amasado si no hubiera dilapidado rápidamente (las tres veces) lo que recibía en premios repartiéndolo todo  entre los pobres y su parroquia.

Entregado a su misión apostólica, en cuerpo y alma a todos sus feligreses; sin importarle su posición ni estatus social. Desde el que venía a pedir a su puerta, hasta el señor con más enjundia. A un feligrés, dueño de una bodega, acudía de vez en cuando a pedirle dinero, en momentos en que las limosnas no le llegaban; se tomaba un te con él y se iba más que contento, porque ya podía aliviar los problemas de alguien.

Era tal su delicadeza, que cuando murió su madre y ya vivía completamente solo, una noche tuvo que salir para llevar los últimos auxilios espirituales a un enfermo, olvidándose las llaves; y cuando volvió, ya de madrugada, para no molestar a nadie, se sentó en los escalones de su vivienda, anexa a la iglesia, donde se quedó dormido y allí pasó, en la puerta de la calle, el resto de la noche.

Cada vez que le preguntaban, en sus últimos tiempos, por su precaria salud, decía que siempre estaba dispuesto a partir de este mundo; repitiendo esta frase que evidenciaba su gran fe en Dios : "Cuando El quiera, como El quiera y donde El quiera". Y junto a su fe en Dios, su gran devoción -verdadera pasión- por su Virgen del Mayor Dolor, a la que a sus plantas solía pasar noches enteras en oración.

Ahí veis, esa es la historia de un cura sencillo, normal y corriente, y de los muchos recuerdos que podemos guardar de él. Espero que os haya gustado. A mí me sirve de ejemplo.