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domingo, 2 de junio de 2013

Cinco panes y dos peces o de lo que un niño puede hacer

Releer la Escritura no es sólo mirar la Palabra Escrita, sino que es también mirar la vida. A veces me entero de historias que me hacen releer el evangelio. La realidad nos ofrece auténticos midrasim (así llamaban los judíos a las relecturas de la Escritura) hechos por  la vida. En este domingo del Corpus Christi, cuando resuena en nuestra Iglesia el evangelio de la multiplicación de los panes, me viene a la mente la historia de Ryan Hreljac, un niño canadiense que me recuerda a aquel niño del evangelio que ofreció al Señor lo poco que tenía, sus cinco panes y sus dos peces.

Cuentan que en una charla en el colegio, con sólo seis años, aquel niño escuchó como les hablaban sobre la sequía, y la sed que se padece en África. El chico canadiense se quedó impresionando pensando en cómo muchos niños y mujeres tenían que caminar horas para poder acceder a un poco de agua. Y de algún modo el misionero concluía: «¡Y pensar que bastan sólo 70 dólares para excavar un pozo!».

Ryan -en su inocencia- tomó al pie de la letra estas últimas palabras y al llegar a casa les pidió a sus papás la cantidad. A su madre se le ocurrió una idea y le ofreció un dólar diario si le ayudaba en los quehaceres de la casa. Así, el muchacho aprendió a trabajar en casa. Barría, aspiraba, compraba la leche, tiraba la basura y, además, ignoraba las burlas de sus hermanos y de sus amigos porque estaba dispuesto a todo con tal de meter cada día un dólar en su hucha para el pozo en África.

Después de casi tres meses, consiguió el dinero y junto con su madre, se dirigió a una organización llamada WaterCan. 
Allí su decepción fue grande, porque le explicaron que para construir un pozo no bastaban 70 dólares, sino que hacían falta 2000. Pero la directora de la organización, conmovida por el detalle del niño hizo un compromiso con él: si conseguía 700, WaterCan pagaría los otros 1300. 

Así, el niño siguió trabajando, pero además consiguió poner en movimiento a los que le rodeaban: la maestra del colegio colocó una hucha sobre el escritorio, los parientes y conocidos le ayudaron, ¡y hasta sus hermanos que antes se reían visitaron a los vecinos para conseguir el resto! 
¡Ryan lo logró! 

Emocionado, acudió una vez más a la organización, pero esta vez para escoger el lugar donde se construiría el pozo. Él mismo eligió un punto cercano a una escuela; así, pensó, chicos como él gozarían de agua fresca en un pueblecito de Uganda.



Pero más allá de esta anécdota, la historia causó efecto. Gracias al patrocinio de un periódico local, el 27 de julio de 2000 Ryan viajó al pueblo africano. Al volver a casa era conocido en todo Canadá y hasta el primer ministro lo recibió en un encuentro personal. Nació así la fundación “Pozo de Ryan”, que ha conseguido ya muchos miles de dólares destinados a diversos proyectos en el África. 
La historia es real, la fundación sigue existiendo y Ryan estudia para ser ingeniero hidráulico y poder seguir trabajando en lo que se ha convertido en el sentido de todo su vivir.

Realmente, cinco panes y dos peces pueden alimentar a muchos. Quiero decir... cuánto da de sí lo poco que un niño tiene cuando quiere darselo a los demás. A ver si todos seguimos aprendiendo.